Por qué cuesta tanto poner límites, incluso cuando sabes que los necesitas
Hay momentos en los que lo ves claro. Sabes que tendrías que decir que no. Que esa conversación no puede seguir igual. Que no puedes asumir otra tarea, otra llamada, otro favor, otro «venga, no pasa nada» cuando por dentro sí pasa.
Y aun así, cuando llega el momento, te quedas en blanco.
Quizá dices que sí sin querer. Quizá te lanzas a justificarte. Quizá pones el límite, pero después pasas horas dándole vueltas. ¿Has sido egoísta? ¿Se habrá enfadado? ¿Lo deberías haber dicho de otra forma?
Poner límites no siempre cuesta porque no sepas lo que necesitas. Muchas veces cuesta porque hacerlo activa culpa, miedo al conflicto o la sensación de estar fallando a alguien.
Y eso no se resuelve aprendiendo una frase asertiva.
Saber que necesitas un límite no siempre significa poder ponerlo
Por qué cuesta tanto poner límites
1. Miedo a decepcionar
2. Culpa al priorizarte
3. Haber aprendido a estar siempre disponible
4. Confundir límite con rechazo
Cuando decir "no" parece poner en riesgo el vínculo
Cuando poner límites trajo distancia en el pasado
Poner límites no es volverte fría
Primeros pasos para empezar sin exigirte hacerlo perfecto
Qué puede haber debajo de esta dificultad
Cuándo pedir ayuda si los límites siempre acaban en culpa
Poner límites también es una forma de cuidar el vínculo
Silvia Merino Vicente
Psicóloga General Sanitaria
Especialista en ansiedad, autoestima y regulación emocional en adultos y adolescentes
www.logopsico.es
Contenidos relacionados para seguir leyendo
Si este artículo te ha resonado, también puede interesarte:
