Tu hijo no es el único al que le cuesta la vuelta al cole
Septiembre llega a muchas familias acompañado de una lista interminable: material escolar, horarios, madrugones, comedor, extraescolares, reuniones, ropa marcada, formularios y cambios de última hora.
Y, en mitad de todo esto, aparece un niño que no quiere levantarse. Protesta, está más irritable, tarda una eternidad en vestirse, vuelve a pedir dormir contigo o dice que no quiere ir al colegio.
Los adultos respondemos como podemos:
– “Venga, date prisa”.
– “No podemos empezar otra vez así”.
– “No pasa nada”.
– “Tienes que acostumbrarte”.
A veces lo decimos intentando ayudar. Otras, porque vamos tarde, estamos cansados o sentimos que, si esa mañana se desordena, se nos cae todo el día encima.
Si a tu hijo le cuesta la vuelta al cole, conviene recordar que no es el único que está intentando adaptarse a un cambio de ritmo. La desregulación puede atravesar a toda la familia.
Los adultos también llegamos a Septiembre
Mientras intentamos ayudar a nuestros hijos a adaptarse, nosotros también estamos volviendo a los horarios, el trabajo y las obligaciones. Hay que coordinar el colegio, la casa, las comidas, los desplazamientos y el sueño. Todo a la vez y, muchas veces, con poco margen.
Por eso puede ocurrir algo muy humano: nuestro hijo se desregula, nosotros sentimos urgencia y respondemos desde nuestra propia activación. No porque seamos malos padres, sino porque también estamos intentando sostener demasiado.
Un niño que llora porque no quiere entrar al colegio no aparece en una escena neutra. Es una mañana concreta: hay sueño, prisa, una mochila abierta, un zapato que no aparece y un adulto mirando el reloj mientras piensa “no llegamos”. En esa escena está la emoción del niño, pero también la nuestra.
Detrás de “no quiero ir al cole” pueden existir muchas cosas
Un niño que dice que no quiere volver al colegio no está necesariamente expresando un problema grave. Puede necesitar tiempo para recuperar horarios o puede costarle separarse después de pasar más días con la familia. Quizá le preocupe un profesor nuevo, un cambio de ciclo, las relaciones con sus compañeros, el rendimiento, el comedor o el patio.
También puede resultarle difícil dejar una rutina más flexible, con menos prisas y más presencia familiar. La misma frase puede tener funciones distintas según el niño y el momento. Por eso conviene comprender antes de sacar conclusiones.
A veces escuchamos “no quiero ir” e intentamos cerrar la conversación enseguida:
– “No tienes por qué preocuparte”.
– “Ya verás como luego te lo pasas bien”.
– “Si todos los niños van”.
– “Esto es lo que toca”.
Puede que parte de eso sea cierto. Sin embargo, si respondemos demasiado rápido, el niño puede quedarse solo con su malestar, aunque nuestra intención sea tranquilizarle.
En otro momento, con menos prisa, podemos preguntar:
– “¿Qué es lo que menos te apetece de volver?”.
– “¿Hay algo que te preocupe?”.
– “¿Qué parte de la mañana se te hace más difícil?”.
– “¿Qué crees que podría ayudarte estos primeros días?”.
No se trata de alimentar el miedo ni de convertir cada respuesta en un problema. Dar palabras a lo que ocurre puede ofrecer al niño otras formas de expresarse, además de la protesta, el llanto, la rigidez o la irritabilidad.
Validar no significa dejar que la emoción decida por todos
A veces confundimos validar con ceder. Pensamos que, si decimos “entiendo que no quieras ir”, después no podremos acompañar el paso siguiente.
Validar significa reconocer lo que siente antes de pedirle que avance. No implica que el niño deje de ir al colegio cada vez que aparezca malestar.
Podemos decir:
– “Entiendo que hoy te cueste volver y vamos a hacerlo juntos”.
– “Sé que separarte cuesta después de tantos días en casa. Te acompaño hasta la puerta”.
– “Veo que estás enfadado. Aun así, ahora toca vestirnos y luego pensamos cómo hacerlo un poco más fácil mañana”.
El miedo, la tristeza o el enfado pueden estar presentes mientras acompañamos el siguiente paso. Esto no siempre sale bien. Habrá mañanas con prisas, frases torpes y momentos en los que perdamos la paciencia. No se trata de hacerlo perfecto.
Regular tampoco consiste en conseguir niños permanentemente tranquilos. Consiste en ayudarles a atravesar lo que sienten sin quedarse solos y sin que la emoción tenga que dirigir toda la escena.
Menos sermones, más previsibilidad
Cuando existe incertidumbre, la previsibilidad suele ayudar, especialmente durante los primeros días. No hace falta construir una rutina militar; se trata de reducir fricción.
Puede ser útil preparar la mochila la noche anterior, recuperar los horarios de forma progresiva, explicar quién recogerá al niño, mantener despedidas claras, anticipar los cambios y reducir decisiones innecesarias por la mañana.
No es lo mismo decir “mañana hay cole” que ayudarle a imaginar qué va a ocurrir:
– “Nos levantamos, desayunamos, te ayudo con la mochila, vamos caminando y te acompaño hasta la puerta. Después te recoge papá al salir”.
Para algunos niños, conocer la secuencia puede reducir parte de la incertidumbre. También puede ayudar dejar visibles la ropa elegida, la mochila cerrada y la botella de agua. Una nota pequeña puede ser útil si le da seguridad, siempre que no se convierta en algo sin lo que ya no pueda afrontar la separación.
La previsibilidad no elimina el malestar, pero puede dejar más margen para acompañarlo.
La mañana no es el mejor momento para resolverlo todo
Muchas conversaciones importantes se intentan tener en el peor momento: a las ocho de la mañana, con sueño, con prisa, con el niño resistiéndose y con el adulto intentando no llegar tarde.
Es fácil que todo termine en una discusión sobre los zapatos, el desayuno o el “date prisa”. Sin embargo, quizá el problema no sean los zapatos. Puede ser la separación, la anticipación, el cansancio o la sensación de no controlar lo que viene.
Suele ser más útil hablar por la tarde, durante un paseo, antes de dormir o mientras hacemos algo juntos. Sin convertir la conversación en un interrogatorio:
– “Esta mañana te ha costado mucho volver al cole. ¿Qué parte ha sido la más difícil?”.
– “¿Hay algo que podamos preparar esta noche para que mañana sea un poco más fácil?”.
– “Cuando te has enfadado, ¿qué necesitabas que yo entendiera?”.
Estas preguntas no garantizan que al día siguiente todo vaya bien. Sí pueden ayudar a entender el patrón y a no intervenir únicamente desde la urgencia del momento.
Y tú, ¿desde dónde estás respondiendo?
Cuando tu hijo se desregula, ¿estás respondiendo a lo que necesita o a tu urgencia por conseguir que todo vuelva a funcionar?
No siempre podremos responder con calma. También llegamos a septiembre con cansancio, presión, trabajo pendiente y poco margen. A veces hablamos demasiado rápido porque queremos que deje de llorar, porque nos cuesta verle sufrir o porque sentimos que no podemos sostener una dificultad más esa mañana.
Darnos cuenta no sirve para culparnos, sino para recuperar algo de elección. Quizá antes de corregir puedas bajar el tono. Antes de convencer, preguntar. Antes de decir “no pasa nada”, probar con “veo que esto te cuesta”.
No siempre cambiará la escena completa, pero puede cambiar la forma de atravesarla juntos. La regulación familiar no empieza consiguiendo niños permanentemente tranquilos. Empieza creando relaciones en las que las emociones pueden aparecer sin convertirse inmediatamente en un problema.
Si quieres seguir profundizando
En Sostener a tu hijo cuando tú también estás agotado encontrarás una mirada más amplia sobre lo que ocurre cuando el malestar del menor coincide con el cansancio del adulto. Puede ayudarte a observar estas escenas sin buscar culpables y con más margen para responder.
Cómo trabajamos esto en Logopsico
Cuando la vuelta al cole se hace especialmente difícil, observamos qué ocurre antes, durante y después de la resistencia: cómo están el sueño y las separaciones, qué cambios ha habido, qué anticipa el niño y cómo responden los adultos.
También exploramos qué función puede cumplir la protesta o la evitación y si algunos intentos de tranquilizar, acelerar o evitar el malestar están manteniendo el patrón sin querer.
El trabajo puede incluir al niño o adolescente y a su familia, según la edad y la situación.
Buscamos ampliar recursos, recuperar rutinas posibles y ayudar a que el menor avance acompañado, sin exigir que deje de sentir miedo, enfado o tristeza para poder hacerlo.
Silvia Merino Vicente
Psicóloga General Sanitaria
Especialista en ansiedad, autoestima y regulación emocional en adultos y adolescentes
www.logopsico.es
