Vuelta de vacaciones y cuerpo en alerta

Has vuelto de vacaciones… ¿por qué tu cuerpo vuelve tan rápido al modo alerta?

Cuando regresar a la rutina parece despertar de nuevo la prisa, la tensión y las preocupaciones, es fácil pensar que el descanso no ha servido de nada.

Hace apenas unos días quizá estabas intentando bajar el ritmo.

Te levantabas más tarde. Mirabas menos el reloj. Habías reducido algunas obligaciones y empezabas, por fin, a notar cierta distancia respecto al trabajo, los horarios y las preocupaciones cotidianas.

Y llega septiembre.

Vuelve a sonar el despertador. Se llena la agenda. Llegan los correos. Aparecen los horarios del colegio, las extraescolares, las reuniones, las citas que hay que encajar y todo aquello que quedó pendiente antes de marcharte.

A veces ocurre algo desconcertante: has tardado varios días, incluso semanas, en empezar a desconectar, pero tu cuerpo parece necesitar muy poco tiempo para volver a acelerarse.

Quizá todavía no has retomado del todo la rutina y tu cabeza ya está organizando las próximas semanas:
  • “Necesito ponerme al día”.
  • “Este año tengo que organizarme mejor”.
  • “No puedo volver a terminar tan agotada”.
  • “Tengo demasiadas cosas pendientes”.
Casi sin darte cuenta, vuelve esa sensación conocida de estar siempre preparándote para lo siguiente.

Pero que esto ocurra no significa necesariamente que hayas perdido todo el descanso conseguido durante las vacaciones. Tampoco significa que “no sepas descansar” o que haya algo mal en ti.

Puede tener mucho que ver con cómo aprende tu organismo.

Tu sistema nervioso también aprende de tu rutina

Nuestro sistema nervioso está continuamente recogiendo información.

Aprende qué situaciones requieren atención, qué contextos han estado asociados a tensión y ante qué señales conviene prepararse. No reacciona solo a lo que está ocurriendo en este momento. También responde a lo que ha aprendido que puede ocurrir después.

El sonido del despertador. Abrir el correo. Mirar la agenda. Entrar de nuevo en determinados espacios. Pensar en una reunión. Preparar las cosas del colegio. Imaginar la semana siguiente.

Son gestos aparentemente cotidianos, pero quizá durante meses han estado asociados a prisa, responsabilidad, incertidumbre o exigencia.

Y el cuerpo recuerda.

No de una manera consciente. No piensa: “Ha llegado septiembre, voy a ponerme nervioso”.

Simplemente se prepara.

Es parecido a cuando escuchas una notificación y, antes incluso de mirar el móvil, ya notas cierta tensión. No sabes qué ha llegado, pero tu cuerpo reconoce una señal. Ha aprendido que detrás puede venir una demanda, una urgencia o algo que resolver.

Con la vuelta de vacaciones puede pasar algo parecido. No hace falta que haya ocurrido nada grave. A veces basta con recuperar ciertas señales para que el cuerpo vuelva a colocarse en modo respuesta.

Volver a activarte no significa que hayas descansado mal

Aquí conviene desmontar una idea muy extendida.

Un sistema nervioso sano no es un sistema permanentemente relajado.

Necesitamos activarnos para trabajar, conducir, resolver un problema, cuidar de nuestros hijos, tomar decisiones o reaccionar ante una dificultad.

La regulación no consiste en vivir constantemente en calma. Tiene más que ver con la flexibilidad: poder activarnos cuando la situación lo requiere y recuperar después otros estados cuando esa activación deja de ser necesaria.

Por eso el objetivo no debería convertirse en otra exigencia más:
“Tengo que conseguir estar tranquila”.

Porque entonces la tranquilidad se transforma en una tarea pendiente. Otra cosa que hacer bien. Otro indicador con el que medirte.

Quizá sea más útil empezar por una observación distinta:
“Mi cuerpo se está preparando. ¿Qué está interpretando como importante ahora mismo?”.

Comprender la respuesta no hace que desaparezca de golpe, pero cambia la relación que tienes con ella. Deja de ser una señal de fracaso y empieza a ser información.

Por qué septiembre puede despertar tanta urgencia interna

La vuelta de vacaciones no trae solo tareas. También suele traer expectativas.

Septiembre aparece muchas veces como una especie de segundo enero: ordenar la casa, retomar hábitos, organizar horarios, responder mejor, trabajar con más foco, cuidarse más, no volver a caer en el agotamiento del curso anterior.

La intención puede ser buena. El problema aparece cuando esa intención se convierte en presión.

Tal vez no vuelves únicamente al trabajo. Vuelves también a una versión de ti que siente que tiene que anticiparlo todo para que nada se descontrole.

Y ahí la cabeza empieza a correr.

No solo piensa en lo que toca hoy. Piensa en la reunión del jueves, en los niños, en el correo acumulado, en la compra, en la cita médica, en cómo llegar a todo, en cómo no repetir el cansancio del año pasado.

Desde fuera quizá parece organización. Por dentro puede sentirse como alerta.

Esto es importante porque muchas personas no se identifican con la palabra ansiedad. Dicen “estoy estresada”, “estoy saturada”, “tengo muchas cosas”, “soy así, necesito tenerlo todo previsto”.

Pero si la anticipación se vuelve constante, si descansar genera culpa y si tu cuerpo vive como si siempre faltara algo por resolver, quizá no estamos hablando solo de organización.

Quizá estamos hablando de un patrón aprendido de funcionamiento.

El problema aparece cuando la alerta se convierte en tu estado habitual

Que durante los primeros días de septiembre notes más activación no significa necesariamente que exista un problema.

Los cambios requieren adaptación. Pasar de un ritmo más flexible a horarios, demandas y obligaciones puede generar cierta tensión. Eso entra dentro de lo esperable.

Pero merece la pena observarlo con más cuidado cuando esa sensación no pertenece únicamente a septiembre.

Cuando reconoces que llevas meses viviendo así.

Cuando descansar cuesta incluso los fines de semana.

Cuando tu cabeza está constantemente anticipando.

Cuando cualquier imprevisto genera una reacción desproporcionada.

Cuando parar produce culpa.

Cuando siempre parece existir algo más que deberías estar haciendo.

Entonces septiembre quizá no esté creando el problema. Puede estar haciéndolo visible.

A veces las vacaciones funcionan como contraste. Durante unos días baja la exigencia externa y aparece algo que durante el año queda tapado por la inercia: que llevabas mucho tiempo sosteniéndote desde la tensión.

Y cuando vuelves, el cuerpo no parte de cero. Vuelve a un terreno que conoce demasiado bien.

No necesitas eliminar la activación para empezar a responder de otra manera

Cuando sentimos ansiedad o tensión, es lógico querer reducirla.

Buscamos respirar mejor, distraernos, relajarnos, organizarnos más o convencernos de que no pasa nada. Algunas estrategias pueden ayudar, sobre todo si nos permiten recuperar un poco de margen.

Pero existe una diferencia importante entre regularnos y organizar nuestra vida intentando no sentir activación.

Porque si necesitamos sentirnos completamente tranquilos para hacer determinadas cosas, poco a poco la ansiedad empieza a decidir por nosotros.

Empiezas a posponer conversaciones hasta “estar mejor”.

Evitas ciertos planes porque notas demasiada inquietud.

Revisas una y otra vez la agenda para sentir seguridad.

Intentas controlar cada detalle para que no aparezca el desborde.

Y cuanto más gira la vida alrededor de no sentir ansiedad, más espacio ocupa la ansiedad.

Quizá podamos introducir una pregunta diferente:
“¿Cómo quiero responder a este momento, aunque mi cuerpo todavía esté activado?”.

Ahí aparece un pequeño espacio.

Entre lo que sientes y lo que haces.

Ese espacio puede ser más importante que conseguir una calma perfecta.

Una idea para esta vuelta de vacaciones

Si septiembre ha vuelto a acelerar tu cabeza, intenta no convertirlo inmediatamente en una prueba de que algo va mal.

Tu cuerpo puede estar respondiendo a señales que conoce muy bien. Ha aprendido. Se prepara. Intenta protegerte.

Y también puede ir aprendiendo otras formas de responder.

No necesariamente obligándolo a relajarse. No a base de exigirte calma, hacer todo perfecto o conseguir una rutina impecable desde el primer día.

Puede aprender a través de experiencias más pequeñas y repetidas: volver a mirar la agenda sin revisarla diez veces, hacer una tarea de una en una, permitir cierta incomodidad sin reorganizarlo todo, descansar aunque aparezca culpa, pedir ayuda antes de llegar al límite, dejar algo para mañana sin convertirlo en un fracaso.

No son gestos espectaculares. Pero enseñan algo importante al cuerpo: puede haber activación sin que toda tu vida tenga que ponerse al servicio de apagarla.

Porque el objetivo no es vivir siempre en calma.

Es poder seguir viviendo con más libertad también cuando la calma no aparece inmediatamente.

Si septiembre vuelve a colocarte en el mismo lugar

Si reconoces que esta sensación no aparece solo con la vuelta de vacaciones y llevas tiempo viviendo desde la tensión, la anticipación o la necesidad de tenerlo todo bajo control, quizá merece la pena detenerse a comprender qué está manteniendo ese funcionamiento.

No para culparte. No para analizarte sin fin. Para empezar a ver el patrón con más claridad.

En terapia podemos trabajar para comprender qué ocurre en tu mente y en tu cuerpo, pero también para ampliar la forma en la que respondes cuando aparece la ansiedad.

La idea no es que tengas que sentirte tranquila todo el tiempo. Es que la ansiedad deje de ocupar cada vez más espacio en tus decisiones, en tu descanso y en tu manera de vivir.

Si quieres empezar a ordenarlo, en Logopsico podemos acompañarte.

Agenda una llamada y vemos juntas qué está pasando y cuál puede ser el siguiente paso.

Silvia Merino Vicente

Psicóloga General Sanitaria

Especialista en ansiedad, autoestima y regulación emocional en adultos y adolescentes
www.logopsico.es

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